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miércoles, 1 de julio de 2020




Obra dramática “Hamlet” de William Shakespeare


Obra dramática
                                                                     “Hamlet” de  William Shakespeare         
La obra comienza cuando Hamlet, príncipe de Dinamarca, vuelve a su castillo cuatro meses después de la muerte de su padre, para descubrir horrorizado que su madre se ha vuelto a casar, con su tío Claudio, nuevo rey.
 ACTO I. Escena II REY
REY.- […] Y ahora, Hamlet, primado de mi trono, mi hijo…
HAMLET.- (Aparte). Un poco menos que primado y un poco más que primo.
REY.- ¿Por qué te envuelven todavía esas nubes de tristeza?
HAMLET. – Nada de eso, señor mío; me da demasiado el sol.
REINA. -Querido Hamlet, arroja ese traje de luto, y miren tus ojos como un amigo al rey de Dinamarca. No estés continuamente con los párpados abatidos, buscando en el polvo a tu noble padre. Ya sabes que 6. S esta es la suerte común; todo cuanto vive debe morir, cruzando por 7. la vida hacia la eternidad.
 HAMLET.- Si, señora, es la suerte común.
REINA.-  Pues si lo es, ¿por qué parece que te afecta de un modo tan particular?
 HAMLET. -“Parece”, señora! ¡No; es! ¡Yo no sé parecer! ¡No es solo mi negro manto, buena madre, ni el obligado traje de riguroso luto, ni los vaporosos  suspiros de un aliento ahogado; no el raudal desbordante de los ojos, ni la expresión abatida del semblante, junto con todas las formas, modos y exteriorizaciones de dolor, lo que pueda indicar mi estado de ánimo! Todo esto es realmente apariencia, pues son cosas que el hombre puede fingir; pero lo que dentro de mí siento sobrepuja a todas las exterioridades, que no vienen a ser sino atavíos  y galas del dolor!
REY. - Es una hermosa acción que enaltece vuestros sentimientos, Hamlet, el rendir a vuestro padre ese fúnebre tributo; mas no debéis ignorar que vuestro padre perdió a su padre; que este perdió también al suyo, y que el superviviente queda comprometido por cierto término a la obligación final de consagrarle el correspondiente dolor pero perseverar en obstinado desconsuelo es una conducta de impía' terquedad; es un pesar indigno del hombre; muestra una voluntad rebelde al cielo, un corazón débil, un alma sin resignación, una inteligencia limitada e inculta. Pues si sabemos que esto va a suceder necesariamente y que es tan común como la cosa más vulgar de cuantas se ofrecen a nuestros sentidos, ¿por qué, con terca oposición, de tomarlo tan a pecho? […] Os rogamos, por lo tanto, que moderéis ese inútil desconsuelo y nos miréis como a un padre, porque, sepa  todo el mundo, vos sois el más inmediato a nuestro trono, y no menos acendrado que el amor que el más tierno padre siente por su hijo es  el que yo os profeso.
 Horacio, amigo fiel a Hamlet, y atrás guardias del palacio le informan al príncipe que desde hace  algunas noches un fantasma aparece en lo más alto del castillo. Hamlet  acude presenciar este hecho y descubre que es el fantasma de su padre.
ACTO I. Escena V
 SOMBRA.- Yo soy el alma de tu padre, condenada por cierto tiempo a andar errante de noche y a alimentar el fuego durante el día, hasta que estén extinguidos y purgado:" los torpes crímenes que en vida cometí.
[…]¡Oh, atiende! ¡Si tuviste alguna vez amor a tu querido padre...!
HAMLET.- İ Oh, Dios!
SOMBRA. – İ Véngale de su infame  y monstruoso asesinato!
HAMLET.- ¡Asesinato!
SOMBRA.-i Asesinato infame, como es siempre el asesinato; pero este es el más infame, horrendo y monstruoso!
 HAMLET.- ¡Que lo sepa en seguida, para que, con alas tan veloces como  la fantasía o los pensamientos amorosos, vuele a la venganza!
 SOMBRA.- […] Ha corrido la voz de que, estando en mi jardín dormido,  me mordió una serpiente: de tal modo han sido burdamente engañados  los oídos de Dinamarca con este fabuloso relato de mi fallecimiento. Pero sabe tú, noble joven, que la serpiente que ha quitado a tu padre la vida cine hoy su corona.
HAMLET.- ¡Oh, alma mía profética...! ¡Mi tío!
SOMBRA.-Si, ese incestuoso, esa adúltera bestia, con el hechizo de su ingenio, con sus pérfidas mañas!--- ¡oh maldito ingenio y mañas malditas, que tienen tal poder de seducir!-  rindió a su vergonzosa lascivia y la voluntad de la que parecía mi muy casta reina…  […] Pero ¡basta! Me parece sentir el aura matutina. Permíteme ser breve. Durmiendo, pues, en mi jardín, según mi costumbre, después del mediodía, en esta hora de quietud entró tu tío furtivamente, con un pomo de maldito zumo de beleño", y en el hueco de mi oído vertió la leprífica destilación, cuyo efecto es tan contrario a la sangre humana que, rápido como el azogue", corre por las vías naturales  y conductos del cuerpo, y con repentino vigor cuaja y corta, como gotas  ácidas vertidas en la leche, la sangre sana y fluida. Tal aconteció con la mía, y he aquí que, de improviso, una lepra vil invadía mi carne delicada, cubriéndola por completo de una infecta costra. Así fue como, estando durmiendo, perdí a la vez, a manos de mi hermano, mi esposa y mi corona; segado en plena flor de mis pecados, sin viáticos", óleos" ni preparación, mis cuentas por hacer y enviado a juicio con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh, horrible! ¡Oh, horrible, demasiado horrible ¡Si tienes corazón, no lo soportes! ¡No consientas que el tálamo real de Dinamarca sea un lecho de lujuria y criminal incesto!  Pero de cualquier modo que realices la empresa, no contamines tu espíritu ni dejes que tu alma intente daño alguno contra tu madre. Abandónala al cielo y a aquellas espinas que anidan o en su pecho para herirla y punzarla. (Sale la SOMBRA). […]
Luego de que un grupo de actores representa la historia contada por el fantasma, el rey Claudio se marcha a su habitación descompuesto al presenciar su terrible traición. Camino  a la habitación de su madre, Hamlet  lo ve arrodillado y rezando para espiar sus culpas.
 ACTO III. Escena III
 REY.- […] ¡Oh, atroz es mi delito! ¡Su corrompido hedor  llega hasta el cielo! ¡ i Sobre él pesa la más antigua de las maldiciones: la del fratricidio!  No puedo orar, aunque la inclinación sea en mí tan fuerte la voluntad. La fuerza de mi propósito cede a la mayor fuerza del crimen, y como un hombre ligado a dos tareas, quédome  perplejo sin saber por dónde empezar y a entrambas desatiendo. Pero aunque esta maldita mano se hubiera encallecido con sangre fraternal, ¿no habría bastante lluvia en el clemente cielo para lavarla hasta dejarla limpia la nieve? ¿Para qué sirve la misericordia si no es para afrontar como el rostro del crimen? ¿Y qué hay en la oración si no es la doble virtud de precaveros para no caer y de hacernos perdonar cuando caemos? Alcemos, pues, la vista al cielo; mi crimen se ha consumado ya. Pero, ¡ay!, ¿qué forma de oración podrá valerme en este trance? "¡Perdóname el horrendo asesinato que cometí!" No, no puede ser, puesto que en posesión de todo aquello por lo cual cometí el crimen: la corona, objeto de mi ambición, y mi esposa, la reina. ¿Puede uno lograr perdón reteniendo los frutos del delito? En las corrompidas  corrientes de este mundo, la dorada mano del crimen puede torcer la ley, y a menudo se ha visto al mismo lucro infame sobornar la justicia. Mas no sucede así allá arriba. Allí no valen subterfugios, allí  la  acción se muestra tal cual es, y nosotros mismos nos vemos obligados a reconocer sin rebozo nuestras culpas, precisamente cara a cara de ellas,-Qué hacer, pues? ¿Qué recurso me queda? Probemos lo puede el arrepentimiento Que no podrá? Y, sin embargo, ¿qué podrá  cuando uno no puede arrepentirse? iOh, miserable condición la mía! ¡Oh, corazón negro como la muerte! ¡Oh, alma mía, cogida como un pájaro en la liga, que cuanto más pugnas por librarte, más te prendes Oh, ángeles del cielo, socorredme! iOh, rígidas rodillas, doblegaos ¡ Y tú, corazón duro, ablanda tus fibras de acero como un recién nacido! (Retrocede y se arrodilla)
(Entra HAMLET)
HAMLET. -Ahora podría hacerlo, ahora que reza; y ahora lo hare! (Desenvaina la espada, avanza unos pasos y se detiene). Pero así va al cielo y de  tal modo quedo vengado... Hay que reflexionar... Un infame asesina a  mi padre, y yo, su hijo único, aseguro al malhechor la gloria ¡Cómo!
 Eso fuera premio y remuneración, que no venganza. ¡El sorprendió a mi padre en la grosera altura del hinchado de pan; con todas sus culpas en plena flor, tan lozanas  como una planta en mayo! Y quién salvo Dios, sabe cómo saldó su cuenta? Aunque todos los indicios me  inclinan a pensar cuán dura es su desgracia.¿ Y queda cumplida mi venganza hiriendo al delincuente mientras purifica su espíritu, cuando se halla dispuesto y preparado para fatal trance?  ¡No, vuelve a tu espada (Envaina), y elige otra ocasión más azarosa! Cuando duerma en la embriaguez, o se halle encolerizado; en el deleite incestuoso de su lecho; jugando, blasfemando, o en acto tal que no tenga esperanza de salvación. ¡Precipítale entonces de tal modo, que sus talones tiren coces  al cielo y sea su alma tan negra y condenada como el infierno adonde se desploma!  Mi madre me aguarda. (Al REY). ¡Esta droga no hará más que prolongar tus moribundos días! (Sale)
El rey trata de deshacerse de Hamlet porque este conoce el secreto de su traición. Para este, confabula con Laertes. El rey lo convence para que se bata a duelo con el príncipe, y  para asegurarse de que este morirá, envenena la punta del florete y las bebidas que se ofrecen los duelistas.
ACTO V. Escena II
REY.-Dadles los floretes,  joven Osric. ¿Estáis ya enterados de la apuesta, deudo  Hamlet?
HAMLET.-Perfectamente, señor. Vuestra gracia ha apostado por la parte más débil.
REY.-No temo por ello. Os he visto tirar a uno y otro. Más por la ventana que él te lleva, tenemos diferencia suficiente.
 LAERTES.- (Examinando uno de los floretes que le presentan). Este es muy pesado. A ver otro. (Coge uno).
HAMLET.-(Tomando un florete al azar). Este me gusta  ¿Son del mismo largo estos floretes?
OSRIC. -Sí, mi buen señor. (HAMLET  y LAERTES se disponen para el asalto)
REY. -(A los PAJES). Poned los jarros de vino sobre esta mesa. Si Hamlet da el primero o segundo golpe o se desquita devolviéndolo en el tercer asalto que todas las almenas, disparen sus cañones; el rey beberá por la salud de Hamlet, para mejorar alentarle, y echará en la copa, como prenda de la unión, una perla finísima y más preciosa que la que cuatro  reyes sucesivos han llevado en la corona de Dinamarca. Vengan las copas, y que el timbal  anuncie al clarín, el clarín al artillero lejano, el cañón a los cielos, y los cielos a la tierra. "Ahora brinda el rey a la salud de Hamlet" (A HAMLET y a  LAERTES) Vamos, empezad. Y vosotros, jueces, observad atentos.
HAMLET.- Vamos.
LAERTES.-  Vamos, señor. (Esgrimen)
 HAMLET.-"¡Una!
 LAERTES.- No.
 HAMLET.- Que juzguen.
OSR IC.- Una, una estocada  bien patente.
LAERTES.-Bien Otra vez.
REY. -Esperad. (A los PAJES). Traedme la bebida. Hamlet, esta perla es tuya.(Echándola en la copa)
¡A tu salud! (Suenan clarines; luego se oyen cañonazos a los lejos). (A los pajes). Dadle la copa.
HAMLET.-Quiero antes terminar este asalto, (A uno de los pajes). Dejadla ahí cerca un momento. (A LAERTES).  Vamos (Esgrime). ¡Otro golpe! ¿Qué decís?
LAERTES.-Tocado, tocado; lo confieso.
 REY.- (A LA  REINA). Nuestro hijo ganará.
 REINA.- Está grueso, y se fatiga demasiado. Ven, Hamlet, toma mi pañuelo y sécate la frente. La reina brinda por tu suerte, Hamlet. (Toma una de las copas  que le ofrece un paje)
HAMLET.-Buena señora…
REY.- ¡No bebas, Gertrudis!
REINA.-Beberé, señor: perdonad, os ruego. (Bebe)
REY.-(Aparte) ¡La copa envenenada! ¡Demasiado tarde! (La reina ofrece a de las copas a HAMIET)
HAMLET.-No me atrevo aun, señora; beberé en seguida.
REINA. -Ven, deja que te enjugue el rostro.
LAERTES.- (Aparte al REY). Ahora voy a darle, señor.
 REY.-(A LAERTES). No lo creo.
LAERTES.- (Aparte). Y, sin embargo, es casi contra mi conciencia.
 HAMLET.-Vamos a la tercera, Laertes. No haces más que retozar.  Por favor, tira con toda tu alma; recelo que me tomas por un barbilindo
LAERTES.- ¿Eso decís? Vamos, pues. (Esgrimen, y después de un  golpe dudoso).
 OSRIC.-Nada, de ninguna parte.
 LAERTES.- ¡Toma esa ahora! (Laertes hiere a Hamlet, este, en el ardor de la refriega, desarma a su rival, le acomete con su propia espada y le hiere)
REY.-¡Separadlos; están enfurecidos!
 HAMLET.-No; vamos otra vez. (La REINA cae).
 OSRIC.- Atended a la reina. (A los dos contendientes). ¡Alto! (Todas acuden hacia ellos y los separan con dificultad).
 HORACIO.- ¡Sangran los dos! (HAMLET) ¿Como ha sido, señor?
OSR IC.- ¿Qué es eso, Laertes?
LAERTES.- ¡Pues cogido como una trampa en mis propios lazos, Osric! Me mata, con justicia, mi propia traición.
 HAMLET.- ¿Qué le pasa a la reina?
REY.-Se ha desmayado al veros sangrar.
 REINA.- ¡No, no!  ¡La bebida, la bebida, la bebida!... ¡Estoy envenenada! (Muere)
 HAMLET.-¡Oh, infamia! ¡ Hola! ¡Que cierren las puertas! Traición ¡A descubrirla!
LAERTES.- (Cayendo) Hela aquí, Hamlet. Hamlet ha sido asesinado; no hay medicina en el mundo que pueda salvarte; no tienes ni media hora de vida. En tu mano está el arma traidora, sin botón y emponzoñada la infame intriga  se ha vuelto contra mí. Mírame aquí caído, para nunca más levantarme. Tu madre está envenenada... No puedo más ¡Al rey, al rey la culpa!
 HAMLET.- ¡La punta envenenada también!... ¡Entonces, veneno, a tu obra!  (Hiere al REY)
TODOS.-Traición, traición!
REY.- İ Oh! Defendedme aún, amigos, solo estoy herido.
 HAMLET.- (Poniéndole en los  labios la copa envenenada). ¡Toma tú, incestuoso criminal, maldito danés! Apura esta copa... (No está aquí tu perla, tu prenda de unión?  ¡Sigue, pues, a mi madre! (EL REY muere).
LAERTES.-¡Ha recibido justo castigo!  ¡Es una ponzoña por él mismo preparada!... Perdonémonos mutuamente, noble Hamlet!  ¡Que mi muerte y la de mi padre no caigan sobre ti, ni la tuya sobre mi!... (El REY muere).
HAMLET. -¡De ello te absuelva el cielo! Te sigo. Soy muerto, Horacio Reina desventurada, ¡adiós!... Vosotros, que palidecéis y tembláis ante esta catástrofe, y no sois más que personajes mudos o simples espectadores de esta escena, si yo tuviera tiempo -ya que la muerte es un esbirro cruel e inexorable  en su ejecución- ¡oh!, podría deciros pero resignación. Yo muero, Horacio; tú vives; explica mi conducta y justifícame a los ojos del que ignore...
 HORACIO.-No lo creáis. Más tengo yo de antiguo romano que de da aquí quedan todavía unas gotas de licor. (Cogiendo la copa envenenada)
 HAMLET.- ¡Si eres hombre, dame esa copa; suéltala, por Dios te lo pido!  ¡Oh, buen Horacio! ¡Qué nombre más execrable  me sobrevivirá, de quedar así las cosas ignoradas! Si alguna vez me albergaste en tu corazón, permanece ausente de esta bienaventuranza, y alienta por cierto tiempo en la fatigosa vida de este mundo de dolor para contar m historia. […] (Muere HAMLET).





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